PRIMEROS PREMIOS RAYAJOS

PRIMEROS PREMIOS RAYAJOS

lunes 16 de noviembre de 2009

Querida hija.


Querida hija:

He decidido escribirte por que si he de decirte todo esto de viva voz, me va a ser imposible mantener la calma y la compostura. Entiéndase que comenzaría poco menos que llorando y acabaría después agarrantote del cuello y posiblemente estrangulándote a lo Homer Simpson.
Si lees en estas líneas cachondeo, poco me conoces, morena.
Déjame decirte que me siento decepcionada y dolida y que no entiendo como eres capaz de tratarnos a todos en general y a mí en particular, de una forma tan irrespetuosa.
Yo no te he educado así, o por lo menos no es eso lo que te he intentado enseñar, no sé como aprendiste a vivir de esa manera.

Te has burlado de mí, te has reído y me has mentido.
Si esperas que te de las gracias, o que haga ver que no ha pasado nada, querida hija, por muy madre tuya que sea y por mucho que te haya parido, esperas demasiado de mí.

Ya me he cansado de que no valores absolutamente nada, ni los esfuerzos que hacemos los demás porque tengas una vida mejor, o porque tus estudios funcionen.
Tus estudios son tu futuro, y lo que hacemos es para que este sea mejor, y tú has decidido boicotearlo.
Me parece estupendo, pero si lo has de hacer por lo menos sé sincera, te he dicho siempre que si no eres responsable, deberás aprender a ser consecuente.
Ni si quiera eso eres.

Siento que llevo toda la vida educando un burro. Un animal que no entiende y que no sabe, que aprende a base de tozadas y golpes, con el que no puedes mantener una conversación, tozudo e inepto.

¿Eres un burro?

Yo siempre creí que no, que eras una persona, y como a tal intenté enseñarte; explicándote las cosas desde mis experiencias, desde mis principios, intentando enseñarte a elegir, a valorar, manteniendo el respeto, ese que no trata de usted a la gente, sino que se demuestra desde las acciones, pero no has aprendido nada.

Y si lo hiciste, utilizas esas armas para abofetearme.

Déjame decirte que estoy desencantada y que no entiendo porque motivo has decidido joderme la existencia día sí, día también, porque sabes, o por lo menos deberías saber, que no es a mí a quien estás perjudicando.

Estoy harta de tus mentiras, de tu manera de NO hacer las cosas, de eso que llaman adolescencia y que a ti sólo te sirve para excusar tu actitud.
Lo tuyo no es una actitud circunstancial, es un modo de vida.
Y a mí no me gusta.
¿Quieres que te diga que no me gustas tú?

No, no soy la madre perfecta, muy posiblemente ni si quiera sea una buena madre.
Quizá nunca debí haberlo sido, y quizá también, sea tarde para arrepentirse.

Llevo toda la puta vida luchando por ti.
Sola.
Todo lo que he hecho desde que naciste, ha sido por ti.
Todas las decisiones que he tomado, acertadas o no, han sido proyectadas hacia tu futuro.
¿Te lo estoy reprochando? Si no lo estoy haciendo, no me falta mucho.
¿Pero sabes? Me da igual.
No sé porque motivo piensas que yo NO tengo sentimientos, que a mí nada me duele, que nada me da miedo, no sé porque crees que el hecho de ser mi hija te da derecho a tantas cosas, a mentirme, a maltratarme emocionalmente.
¿Dónde aprendiste todo eso?
¿Por qué gustas tanto de zaherirme?
¿Por qué?

Estoy cansada, ¿sabes? Cansada de confiar en ti, de creer, de no ver un poco de nada, de encontrarme una y otra vez en el mismo punto, de no saber cómo afrontar las cosas porque ya lo he probado todo, de que me hagas sentir una fracasada, de que esto no tenga final, estoy harta de que me hagas daño, de luchar, de defenderte cuando no tienes razón, de enfrentarme, de excusarte, de tener que mentir, de darte la mano para que te cojas el brazo, de discutir contigo, de que no sirva para nada.

Estoy cansada, cansada de todo y de que nada, ningún esfuerzo, tenga una mínima recompensa, una acción mejor.
Estoy cansada de que no me quieras y de que trates mejor a cualquiera que a mí.

Estoy cansada de que no me quieras.

Estoy cansada de que no me quieras.

Y te da igual.

Supongo que Hitler también tuvo una madre, y todos los asesinos del mundo tienen una madre, y los ladrones, y las putas. Hasta yo tengo una madre.

Y las madres educamos asesinos porque no sabemos hacerlo mejor, y ladrones, y putas, hasta me educaron a mí y yo, no sé hacerlo mejor.

Supongo que la culpa de todo es mía, ya que toda tu educación, partiendo del principio de qué está bien y qué está mal, es un concepto que no aprendiste nunca y que yo debería haberte sabido enseñar.

Pero no he sido capaz, y te mueves en la mentira, en la irresponsabilidad, y en lo desconsiderado, como pez en el agua; ergo yo no sé educarte, ni infundirte valores tan simples como el amor y el respeto hacía las personas que te rodean y que a la vez te aman.

Así que no sé que he de hacer, ni cómo he de decir las cosas, tampoco sé ya cuales son las que debo callar, que debo ignorar, y qué es lo que no deseo saber.
No sé como educarte.
No sé como hacer las cosas, ni que debo hacer para que las valores.
No sé.
Y presupongo que estoy obligada a saberlo.
Pero no lo sé.
No sé donde piensas que están mis límites, pero seguro que están bastante más abajo de donde crees que están.

Y ahora debería irme a fregar los platos, pero, no tengo ganas, me voy a encerrar en el lavabo, voy a mirarme en el espejo y voy a preguntarme todas las veces que sea necesario que cojones es lo que estoy haciendo tan mal, porque no lo entiendo y necesito saberlo para intentar hacerlo un poco mejor.

Seguramente en el baño no encontraré la respuesta, pero por lo menos me servirá para hartarme de llorar y sentirme tan estúpida y desprotegida como tú intentas que me sienta cada hora de mi vida.

Felicidades lo conseguiste de nuevo.
Y ahora, dame la nota de la puta prevalución, que me ha llamado esta mañana el tutor y tengo una reunión de urgencia el martes.
Total, va a decirme lo que ya sé.
Lo que no me va a decir es que debo hacer para cambiar las cosas.

Esta vez no te he excusado.
Ya no me quedan palabras.


domingo 15 de noviembre de 2009

Hoy le he salvado la vida a mi gato.


Oooooooooooootra vez.

He perdido la cuenta, pero creo que de las siete que se concedieron por el simple hecho de nacer minino, ya le debe de más, un par al destino y otras tantas a mí.

Jodío sape.

Juraría que la próxima no la cuenta.

Siete y cuatro once y este va descontao.



viernes 13 de noviembre de 2009

A veces soy yo, y a veces, no.


A veces soy una gota de agua perdida en un rayo de sol y después, la tormenta, sin brisas flotantes, sin aires, sólo el trueno. El granizo.

-Me dejo llevar-.

A veces soy tú; te miro, te observo, te absorbo y aprendo de ti. A veces va bien, mas no siempre.

Y no importa demasiado.

-Es real-.

El dibujo emborronado de un infante,

la acuarela inconclusa del adiós,

la llamada de la sangre,

el silencio enmohecido,

la canción impertinente del amor.


Y no quisiera otra piel si no es la mía -ni más bella, ni más ardua, tan siquiera más tenaz-; me conforma el saber que en esta vida, cada risa, cada lágrima, es verdad. Y es verdad cada mentira, cada bache, cada voz. Cada día que susurra lentamente, que el final de la desidia, es un simple corazón.

A veces soy yo y puedo ser desesperante. -A veces, no-.

A veces no soy -y no soy ni tú ni nadie. Soy-.

A veces Soy y tan sólo existo. -otras existo y no estoy-.

A veces estoy y nadie lo sabe.

Y otras, no lo sé ni yo.


lunes 9 de noviembre de 2009

¿Cuántos pies y patas?


Programa trampa de nosequécanaltelevisivo.

Uno de tantos, llama a un 905 y esas cosas, mucho dinero en juego y ni cristo acierta jamás, lo de siempre, vamos. Ayer, mientras buscaba a Bob esponja, me encontré con uno de ellos, el niño andaba distraído con una moto de juguete y, yo aproveché para leerme el encabezado del acertijo:

Cinco niñas viajan en un autobús turístico, cada niña lleva dos cestas, en cada cesta hay tres gatos, cada gato tiene cuatro crías, dos niñas se bajan del autobús. ¿Cuántos pies y patas hay?

Nadie acertó.

Comienzas la cuenta que parece sencilla, sumar y multiplicar y, andando.

Cinco niñas por dos pies, diez.

Dos cestas por niña, diez cestas, por tres gatos, treinta bichos. –aquí cometes el primer error en el que sólo reparas cuando repasas-

Cuatro crías por gato, treinta por cuatro, ciento veinte gatos, por cuatro patas, cuatrocientos ochenta.

Dos niñas se bajan, menos cuatro.

Y sumas:

Seis pies –apañada la resta- treinta gatos en las cestas, cuatrocientas ochenta patas de los pequeños, igual a 516.

Entonces te das cuenta de que multiplicaste los gatos de las cestas, pero no sus patas, rectificas, treinta por cuatro: debes añadirles ciento veinte patas más de los primeros gatos, te queda así: 636.

Segundo error en el cual no caes si no rectificas desde el principio.

Si lo haces desde el principio multiplicando correctamente, debes restarle los treinta gatos ya que lo que has sumado son treinta gatos, no sus patas, porque la suma real de las patas totales es ciento cincuenta gatos por tres patas, 600.

Tercer resultado.

Debería entonces quedar resuelto, pero la solución no es esa.

Te faltan los pies. 606.

Entonces dudas, las niñas que se bajaron -2- ¿se bajaron con las cestas o sin ellas? Si lo hicieron con las cestas has de restar además de sus pies todas las patas de los gatos.

Doce gatos por cuatro crías, igual a cuarenta y ocho gatos, por cuatro patas: ciento noventa y dos, restado de lo anterior, 414.

Tampoco.

Como el autobús es turístico y dos niñas se bajan, entiendes que se bajan en otra parada distinta a la de salida -ya que viajan-, por tanto en el autobús ha de ir supuestamente además, el conductor, dos pies más, 416.

Ni de coña.

Si por un casual las niñas que se bajaron, dejaron las cestas y los gatos retomas la cuenta anterior a esta pero, sumándole los pies del conductor, 608.

Pues no.

¿Y si iba con azafata? Todo podría ser, Amén de la crisis, 610.

Menos aún.

Otra posibilidad es que el que dijo pies y patas, lo dijera por decir algo, como de la misma manera pudo decir pies y perros, por lo tanto solamente contaríamos pies y sin creer en ningún momento que el encabezado tiene mala fe.

6 si van las niñas.

8 con el conductor.

10 con la azafata.

14 si los contamos todos antes de que nadie se baje, porque tampoco especifica si la cuenta es al inicio del recorrido, o en el final del trayecto.

Otro detalle importante es que dice que cada gato tiene cuatro crías, no que necesariamente las lleve en la cesta, por tanto y si es así, te sobran patas, comienzas de nuevo.

Pies de las niñas antes de que se baje nadie, diez.

Gatos en las cestas, treinta, por sus cuatro patas, ciento veinte patas, más los pies de las niñas antes, 130.

Con el conductor, 132.

Con la azafata, 134.

Después de que se bajen las dos, de nuevo 130.

Y en el caso de que la cuenta fuera esta pero antes del final del trayecto, serían, 138.

Pues nada, tampoco.

Cómo podéis comprobar, he sido incapaz de resolverlo, eso sí, le he encontrado todas las pegas del mundo, de aquellas cosas que no acabas de ver claras.

Dejé de mirar el programa, cuando una señora llamó y dijo: 535, y yo pensé, coño que original, un gato cojo.



miércoles 4 de noviembre de 2009

¿Por qué nadie me avisó de esto?


Los niños son así.

Mujer, es una etapa.

Ya verás como se le pasa lo de hacer porretas con la sopa.

Ya hablará, no te preocupes.

¿Los dientes? Ya le saldrán.

Y una mieeeeeeeeeeeeeeeeerda. ¿Los niños son así? Los niños, son como son y después ni cambian ni nada que se le parezca.

Diario de una madre DE adolescente, es como debería yo haber titulado este hilo. La etapa esa de los tres años, aquella en la que se esconden en la falda de mamá, aún no se le ha pasado, no se me esconde en la falda, porque no llevo, pero le sirve meterse tras de mí, intentando imitar mi contorno, o rodearme para que AQUEL o aquel OTRO compañero de insti no la vea ir con SU mamá, madre, la vieja, no sé, lo que quiera que sea yo en este momento, a saber.

Ni de coña darme un beso en la puerta del mismo, pero sí para pedirme cuartos el sábado. Más maja ella.

Porretas con la sopa ya dejó de hacerlas, sí, ahora directamente refunfuña y dice que ¿otra vez sopa? Cojones niña, pareces Mafalda, te la comes y punto que para foie de pato no llega, no te jode, ah espera que no te gusta, como tampoco te gustan los guisantes. A ver hija, no solo de galletas y triples de nocilla vive el hombre. ¿Unas lentejas? Que me zurzan, no lo dice, lo piensa, yo la dejo, el pensamiento es libre, pero el plato algún día le cae sombrero.

Así tendrá protegidas las ideas.

Mira, es cierto, no había porqué preocuparse, ya habló, le costó hacerlo pero al final despegó, ahora no hay quien la calle. La mitad de las veces no dice gran cosa y las demás no se la entiende porque habla y se ríe a la vez.

Pero ya habla, quince años llevamos a base de aspirinas, la madre que la parió.

La frase del día de hoy desde la ducha:

Mamaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, ven, ¡corre!

¿Tú sabes porque tengo más pelos en una pierna que en la otra?

¿Por qué los llevas a la par con las neuronas? Me he reprimido, y simplemente le he dicho:

Acaba que hay que cenar.

Y sí, es verdad, los dientes le salieron, ahora sólo sirven para preguntar por ellos ¿te los lavaste?

Física o química no es una asignatura, es una serie televisiva más mala que el copón.

Si le preguntas cuantas son cuatro por cuatro, te contesta, Galoper.

Y cien por cien ¿algodón? Peazo animal.

El flequillo es la amenaza constante, ya no sabe como dominarlo, qué traidor, como si no lo conociera, lleva toda la vida con ella, y el muy lacio se emperra en ir a su rollo, con lo que a ella le gustaría que fuese menos rebelde y se amoldara a sus deseos.

Mira, en eso mi hija y el flequillo tienen un parecido.

Hay que joderse.

Esta casa no es una lavandería, no, no te he lavado lo que te quitaste ayer, mañana pongo lavadora, deja de decir jo, deja de preguntar que te pones ¿no tienes ropa? Ah que hoy tienes que ponerte ESA camiseta. Vale, perdón. Mañana te he dicho.

Joder ¡que te calles ya con la camiseta del demonio!

Y ponte una chaqueta que hace frío.

No, no te voy a devolver el móvil. Lo siento.

No. No te dejo conectarte a Internet. Te jodes.

Eeeeeeeeeeeh, deja ya el puto fijo ¿con quien hablas ahora? ¿Otra vez? Dile a su madre que haga magdalenas y cuelga.

Estaba más mona con sus totos en la cabeza, su disfraz de hada y aquellos besos que me daba…

Ahora de vez en cuando me rebuzna.

Después, al flequillo malvado.

El verano que viene cumple 16.

Soy una mala madre, cuando salga de la ducha le diré: te he dejado un regalo en mi blog.

Y después le recordaré que la sopa le está esperando.

No son grandes armas, pero supongo que la adolescencia es una mala gripe que hay que pasar, mejor con un plato calentito y algún chiste.

Besos Bárbara.

Tu madre que te quiere y te putea, no como quiere, sino como puede.



martes 3 de noviembre de 2009

M’he kedao kon tu kareto.


Eso es lo que la sonrisa de la estanquera –sin ser la de Vallecas- me dice cada vez que me la expone; profident y enorme, falsa y premeditada.

Me gustaría poder decir que sufrimos un altercado poco antes del verano, pero ni tan si quiera tiene semejante titularidad el cruce de palabras que nos dirigimos, ella desde su puesto ingrato de dependienta y dueña sufridora del negocio, y yo desde el mío, consumidora habitual de drogas mal vistas, pero permitidas a todos los efectos, si tienes más de dieciocho y pagas los impuestos que el estado decide meterte, por matarte.

He de reconocer que la señora no residente en Vallecas, me ha gustado siempre, más bien poquito. De aquellas dependientas que le hacen mejor papel al señor con corbata que a una, qué no sólo tiene pinta zarrapastrosa, sino que además lo es y lo dice a mucha honra. Ay señora de mis entretelas, qué el hábito no hace al monje. Dese usted una vuelta por el refranero, que no adiestra, pero instruye.

Suelo despertar por las mañanas de muy mala gana, odio el despertador, así que por norma me levanto bastante borde hasta que varios cafés después, si hay suerte, consiguen que se me pase; pero, cuidado con rayarme en el trascurso de mi trasformación a persona civilizada.

Llevaba varias compras de cartón en el estanco de la Señora y, siempre me preguntaba porque nunca me daba el típico mechero, barato y transparente de una super marca –prof- que todos sus compañeros de profesión se emperran en meterte en la bolsa, lo quieras o no. Es como una especie de ley no escrita, simplemente, existe.

El día en cuestión, a la chica a la que despachaba delante de mí, le dio un mechero por haberle comprado dos cajetillas de negro.

Un cartón de Fortuna, por favor.

Treinta. ¿Quieres una bolsa?

No, gracias.

Continuó hablando, pasando su mirada por encima de mi hombro con el señor que estaba detrás de mí, luego con la señora de mi izquierda, luego con el señor de nuevo, y yo allí, impertérrita, esperando a que su mirada se cruzara de nuevo con la mía.

Nada es eterno, al final lo hizo, y lo acompañó de un ¿quieres algo más?

Ahí te quería ver yo, so guarrona.

Dame un mechero.

Así, sin más, claro y conciso: dame-un-mechero. A ver si hay algo en la frase que no entiendes.

Sí por supuesto ¿qué quieres? ¿un zippo? ¿Uno de estos? Señalándome un expositor, ¿de estos tal vez? Enseñándome otro.

De los que te de la gana, me lo vas a regalar.

¿Cómo?

Que me vas a regalar un mechero, pero mira, me voy a conformar con uno de esos transparentes. No me lo des en rojo.

Blanca y boquiabierta ella, tiesa y arrogante, yo.

No me había pasado nunca dijo contrariada, ¿el que? Le pregunté yo mientras le mantenía la mirada con un cierto halo impertinente, que me pidieran un mechero, le faltó apostillar que con tan poca vergüenza, a lo que yo le contesté ¿sabes lo que no había pasado a mí nunca? Hartarme de comprar tabaco en un estanco y que jamás se tenga el detalle del mechero, que le puedo pegar fuego a medio país los días de lluvia, con los que tengo en casa y que me han ido regalando los estanqueros.

Cogí mi mechero, azul, lo tiré dentro de mi bolso, dije buenos días y me contestaron dos hilos de voz mientras iba saliendo. Estirada como yo sola, con la satisfacción de ver el trabajo cumplido y en dirección al bar a asentar mi humor, renegando entre dientes mientras llegaba el café y acordándome de mi cuñada cuando le da por decir aquello de que YO no soy diplomática; otra que se puede ir a la mierda.

No había vuelto a ese estanco desde entonces, hasta hace una semana, no por nada en particular, sino porque está en una zona en la cual, si me acerco para hacer algo por allí, estupendo y, si no es así, hay varios que me quedan más cerca.

La semana pasada me puso un mechero en la bolsa, anda coño, pensé, y a esta ¿Qué le dado? ¿Ya regala mecheros? No le di más importancia y, así como comenté en casa el primer incidente, nada dije de esta otra situación.

Hoy he vuelto y la Doña ha vuelto a darme un mecherito, azul también.

Esta vez sí, cuando he salido se lo he comentado a mi marido, s’ha quedao kon mi kareto l’astankera.

Hay que joderse.

Lo que no le he dicho a mi marido, es que no voy a volver más al puto estanco ese.

No me gusta la sonrisa profident y enorme que le pone a todo el mundo, no me gusta que ahora lo haga conmigo, ni tampoco me agrada que me regale mecheros, vamos, que no me gusta la tía, ni su hipocresía y que, resumiendo, cuando me trataba como a un parásito inmundo indigno de ser agasajado con un asqueroso mechero, me caía mejor, simple y llanamente porque entonces entre ella y yo había una diferencia y ahora –qué hija puta- me trata como si fuéramos mierda y culo y qué quieres que te diga, aún existen clases, y yo, quiero seguir estando por debajo de la suya.



lunes 2 de noviembre de 2009

¿Cómo quieres morir?


¿Acaso importa? De todos los deseos que uno pueda tener, supongo que este es uno de los más incontrolables. Uno nunca sabe ni cuando, ni como, a veces creo que ignoramos hasta el porqué de tan jodido asunto.

Uno se muere y punto, ya está, cuando le toca, nunca antes y jamás después.

Creo también que por lo menos una vez en la vida, o varias, que para eso somos humanos y fantaseamos con todo, el que más y el que menos lo ha hecho con su propia muerte; imaginarla, digo, que otra cosa muy distinta sería acertarla.

El hecho concreto lo llamaríamos videncia, y de esos, unos cuantos que no son todos los que están.

Hace un par de días tuve noticia de la muerte de un conocido que no allegado, de hecho un hombre al que hacía años que no veía, hijo de una vecina de la casa de mi infancia, y donde los recuerdos que a él me atañían, a día de hoy se resumían a su nombre, el de su hijo y, una imagen un tanto borrosa y difuminada por el tiempo de un señor mayor, corpulento, y propicio a derrochar un trato agradable con los demás.

Sus compañeros vieron volar una bola de fuego.

Literal.

La mala fortuna quiso que tropezara con un cable de alta tensión.

Qué la fortuna es muy perra y ese día, no andaba mirándole a la cara: él salió a la carretera a avisar a aquel conductor de la furgoneta que aquel cable estaba en la calzada, qué cuidado, que esas cosas, pero como ya he dicho, la suerte iba mirando para otro lado y como es de poco agradecer y de benevolente tiene lo justo y de capricho, esa mañana decidió que la furgoneta le gustaba más.

Mientras Antonio se acercaba a dar el alto, el vehículo golpeó el cable, y si el azar cuando quiere, tiene un punto antipático, los cables de alta tensión tirados en medio de la carretera, ni te cuento.

Se encabritó, fíjate, y se levantó del suelo serpenteando y cómo si de un látigo castigador se tratará fue directo hacia Antonio.

Lo electrocutó primero y lo incendió después.

Su cuerpo, envuelto en llamas cayó metros atrás.

Una bola de fuego que volaba.

Digno y propio de un expediente X.

O de una película de terror.

jódete y baila.

Supongo que si alguien le hubiera preguntado horas antes como querría morir o más simple aún, cómo imaginaba su muerte, creo que jamás se le hubiera ocurrido una muerte tan espectacular, como real, cierta y próxima.

Cómo tampoco le importó a la suerte, a la mala digo, que su idea para dejar este mundo, o su deseo, se limitara a hacerlo entre los suyos, consciente de ello y, a poder ser, en su cama.

Así que poco importa como se quiera morir uno, si a la fortuna le parece conveniente te hace salir en las noticias. No te pregunta primero, y además, nunca lo sabrás después.

Qué hija de puta.


viernes 30 de octubre de 2009

Un segundo en tu mirada.


Un instante en tu retina, hace tanto ¿Cuánto? No sé, no recuerdo.

Recuerdo lo que vi, y no sé más de lo que ya sabía entonces, recuerdo que yo te amé y que tú, negaste el amor.

No esperaba nada y encontré algo más que tu nombre; en cada silencio, en todos los minutos lejanos y, en la distancia que siempre separó tu corazón del mío.

Un instante en tu mirada, -pero se colgó-, y se columpiaba suavemente, -pude verlo, aunque nunca lo dijera, aunque tu nunca lo admitas-.

Por aquel pequeño instante, hoy escribo, para que sepas que no he olvidado que me debes un beso, pero que no te lo cobraré hasta que tú lo necesites tanto como yo entonces lo deseé.

Yo me reflejé en tus ojos, o naufragué, -posiblemente sea lo mismo- y tú, esquivabas la mirada.

Y en aquel pequeño instante, existió: un dulce destello que murió en un segundo, pero mío.

Sólo mío.

Siempre mío.

Desde entonces y que siempre me acompañará.

jueves 29 de octubre de 2009

La cajera del DIA


Tienen fama de que muerden, y es cierto, yo creo que si además pudieran, nos escupirían, o algo.

Las cajeras del DIA, son algo así como de otra raza, de una de aquellas que no es mejor ni peor que esta que medio conocemos o conocemos a medias, sino de otra distinta; más agresiva, algo más abrupta y antipática de lo que ya es de por sí la raza humana.

Si en la cola del INEM, arañas la mesa de tu interlocutor que es el que te está apañando la entrevista y el futuro currele y, le miras de soslayo, en el perfil propicio para tu próximo empleo, en una esquina y en mayúsculas garabatea a modo telegrama pero claro y firme, DIA, personal, contrato basura. Entre paréntesis, que te jodan.

De este modo es como llegan allí, y se acuerdan de los muertos del de la oficina mientras mascan chicle, y de los tuyos cuando te preguntan, casi siempre y bien sobrado el tono amenazante ¿tarjeta DIA?

Y tu haces un gesto rápido de cabeza negando la respuesta de la pregunta, cruzando los dedos para que el gesto haya sido menos impertinente que el sonido de tu voz diciendo que no, pero lo suficientemente oportuno para que lo haya visto, y ella no tenga –diox lo quiera, o en todo caso que me asista- que repetirme la pregunta.

Esa es la impresión, acertada o no, que tiene la menda de las cajeras del DIA, dicho sea de paso que la experiencia me avala en este tipo de menesteres cotidianos y que entre otras cosas, ese fue uno de los motivos por los cuales la misma menda de unas líneas más arriba, dejó de comprar en los supermercados con cartel y slogan rojo y blanco.

Y me fui a Ldel, mejor precio y calidad, Ldel…

Las cajeras del Ldel, no son de otra raza, sino que suelen ser de otro país. Hablan con un acento extraño, pero entre ellas, y entre ellas además, suelen haber varios acentos, te da igual, hablan tan aprisa que no pillas un carajo hasta que te dice lo que debes, y no es que entiendas cuanto debes, sino que ya ha sacado la cuenta del queso y el chocolate, entonces miras a la pantallita y piensas ¡coño! Aunque esto no tenga nada que ver con la cajera, ni con su acento, ni mucho menos con su apatía, sino más bien, con que sabes que al Ldel o vas a comprar sola, o las cosas saltan al carro y después nadie ha sido.

Entonces optas por ir al Carrefour cuando vas en grupo familiar o manada, que viene a ser lo mismo, piara también sería un buen calificativo para la situación, y allí resulta que no hay cajera, sino cajero, mini para más señas, no me extiendo, pero se me entiende. Véase AQUÍ.

En los Mercadona, también están afincadas tras las cajas mujeres con contratos inmundos, más o menos amables, pero más viejas, es lo que hay.

¿Y que pasa con todo esto? Pues sucede que una ya, cuando sale a comprar, parece que va a la guerra, vamos, que solo le falta el subfusil de asalto, y no lo lleva porque entre el bolso y el carrito, el niño y las promociones XXL, no le caben más cosas en las manos, aunque tantea y valora la opción de adaptar un bazuca para colocárselo en el hombro y, buscándole un ángulo correcto, apoyarlo estratégicamente sobre el carro de la compra, ¿para dispararlo? Para que se vea, qué cojones, qué todos los perros ladran.

Llega un momento, en que dejas de pedir ayuda cuando no encuentras bragas de tu talla, y te compras la de color rosa, que no te gusta, pero te entra, en el que te pesas tú los tomates y les pones la etiqueta en la bolsa, un kilo, número 22, y pesas el 15 que son tomates también, pero más feos y más baratos, -eso que te ganas, que ya te lo cobran al salir por los posibles hurtos-, un momento en el que te acostumbras a ir por el super como por la selva, sin amigos, sola.

Un momento en el cual, cuando oyes por los altavoces: señorita Mary Pili, preséntese en el pasillo de cosmética en la mayor brevedad posible, miras a tu alrededor desesperada, intentando encontrar un bote de Fairy y no otro que ponga Nivea, no sea que la señorita Mary Pili mida un metro ochenta y te tenga por objetivo.

Hoy he ido a comprar papel de empapelar a uno de esos supermercados de bricolaje y decoración, después de muchas dudas sobre si unos cuadros de colores fluorescentes, en verde limón, rosa y marrón, iban a ser demasiado estrepitosos en mi comedor nuevo, he decidido meterlos en el carrito –una ida de olla como otra cualquiera- y ya, en la caja, tras haberme sacado la cuenta la moza, me comenta: es bonito este papel ¿lo has visto expuesto en la sección baños? No ¿Dónde dices que está?

Diez minutos me he tirado como una gilipollas mirando los jodidos cuadritos, que envueltos estaban muy monos, pero extendidos daban hasta mareo.

Me he dirigido de nuevo a la caja, donde me esperaba la muchacha, sudamericana y pequeñita en exceso, y le he dicho: ¿sabes? No me lo voy a llevar, me he imaginado el papel en mi salón y casi me desparramo yo sola en la sección baños.

El primer instinto ha sido llevarme las manos a la cabeza para cubrírmela, -ahora me da con el rollo en la cabeza, he pensado- y me dice ¿has visto toda la gama? Hay cosas muy bonitas. Bueno, algo he mirado, verás, vi este papel el otro día y me gustó, y me gusta, pero quizá sea demasiado escandaloso, lo creía más disperso, los cuadros, digo, tiene demasiado color.

Ven, que te enseño lo que hay.

¿Qué ha dicho? ¿Qué me enseña algo? ¿y me lo ha dicho con una sonrisa? ¿y no le importa ayudarme? Mírala, si va allí de verdad.

Y lo ha hecho.

Durante algo más de veinte minutos, ha estado pasándome hojas de papel de empapelar, comentándome como combinar los colores y las cenefas, preguntándome qué idea tenía, qué colores, dándome incluso su opinión…

¡Una persona! por diox, una persona en el super y no una cajera.

Al final no he comprado ninguno, creo que quiero volver mañana o pasado y que vuelva a atenderme ella, talvez necesite comprobar que no ha sido un sueño.

Si fuera creyente y rezara, la incluiría en mis oraciones, como soy atea y del Real Madrid, dejémoslo como un apunte en mi blog, pero que coño, hay quien se gana el cielo y ella se ha ganado este hilo.



martes 27 de octubre de 2009

volverá a salir el sol



Hoy se me amontonan las ideas. Vuelvo a estar en una de esas fases negativas de mi existencia –léase, por favor, jodida existencia- no, es cierto, nada sucede distinto a hace no tanto, es simplemente otra fase más.

Repetitiva y cansina, como suele ser típico en estos periodos de gilipollez absoluta.

Las mismas situaciones, los mismo gritos, los mismos enfados, el mismo repetir lo de siempre una y otra vez, con la eterna sensación de que una es ignorada completamente, las facturas, las prisas, los horarios, el otoño –mierda de clima- los amigos ¿Amigos? Algo así, sí, creo, algo así.

Hoy quiero que me abrace, en silencio, y llorar ¿llorar? Sí, llorar. Por todo y a la vez por nada, me da igual, ¡que no lo entienda! no importa, que me abrace simplemente. Hoy quiero ser pequeña y que no me hagan preguntas, o que me las hagan a mis medidas de infante, sencillas, sin esperar una respuesta coherente, es más, sin tan si quiera esperar una respuesta.

Para un ¿Por qué lloras? Que valga un no lo sé.

Para un ¿Qué te pasa? Que sirva un nada.

Si entre interrogantes hablamos de mi tristeza, quiero al uso, huir con la mirada.

Pero todo eso mientras me abraza y me arropa, porque con motivos o sin ellos hoy me siento pequeña y frágil.

Y mañana, como muy tarde pasado, ya no quedará ni un resto de mi apatía, todo volverá a la normalidad, si todo se normaliza a mi alrededor, volveré a recargar las pilas, daré otro paso adelante, y otro, y puede que hasta un saltito. Y nada habrá cambiado, ni para bien, ni para mal.

Seguiré en el mismo sitio, batallando con lo de siempre, esperando otra explosión emocional que me descoloque de nuevo.

Independientemente, mañana volverá a salir el sol.



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