Hoy está lloviendo y la lluvia lo golpea todo, unas veces con furia, otras, con una extraña complacencia.
Yo he tenido siempre una estrecha relación con la lluvia -en general con el agua-, el haber vivido en el campo y, muchas de las veces, gracias a ella, me hizo en su día, aprender a valorarla, respetarla, e incluso a temerla.
Siempre me ha gustado salir cuando llueve, que la lluvia moje mi rostro y mi pelo, mi ropa, salir a un espacio abierto con los brazos extendidos para recibirla a través de mi cuerpo, en mi alma.
No sólo me moja y me empapa, sino que de alguna manera muy posiblemente propia e intransferible, como si de algún tipo de recuerdo ancestral se tratara, me purifica.
Ahora vuelve a caer con fuerza, en los charcos recurrentes se descubren burbujas, una y otra, montones de ellas. Burbujitas trasparentes que surgen y desaparecen cuando otra gota las golpea, utilizando ese círculo vicioso y fácilmente predecible que aporta la rutina.
A veces quisiera ser una de esas gotas, de las que caen y se convierten en burbujita caprichosa, ser exactamente igual que la burbujita de mi derecha, tan increíblemente parecida a aquella otra de la izquierda, todos somos agua, todos somos gotas.
Unos instantes más tarde desearía ser la gota que cae rompiendo otra gota, creando otra gota, quizás más gotas, salpicar muchas gotas. Como lo hizo instantes anteriores aquella otra, como lo hará más tarde una gota similar.
O el gran charco que las recoge ¿puedo osar querer ser el gran charco? ¿Distinguiéndome del charco contiguo sólo por la forma que me crea, por la profundidad que retiene mis gotas, pero con el mismo lodo que enturbiar mi agua?
Puestos a querer ser, también sería bonito ser la nube que recoge todas las gotas y decide cuando y donde van a esparcir ese increíble milagro que se llama vida, o el punto final de ella.
……………
El campo está mojado, durante todo el día ha caído una lluvia fina que ha empapado la tierra, los tallos tiernos y los que no, y que ha convertido los senderos en barrizales.
En el asfalto se han creado charcos impertinentes que permanecerán ahí durante horas a la espera de ser, tardíamente, reabsorbidos.
Y yo continuo asomando mi nariz tras la cortina de mi estancia.
Vuelvo a mirar al cielo, a los charcos que ha formado la lluvia, observo mi perro que como yo es amigo de mojarse, se sacude.
No, hoy va a llover durante todo el día, pero yo hoy no voy a salir a dejar que el agua me empape el rostro. Hoy no tengo 15 años.
Posiblemente mañana también llueva, y saldré con el paraguas y la molestia que me produce tener que conducir lloviendo, despotricando porque resbalo, y odiando a los caracoles que van a salir a comerse mis plantitas.
Olvidaré desde el principio al fin, que el agua me gusta, que me es necesaria, que me purifica y me hace soñar.
Cambiaré mis charcos de ilusiones por las prisas de mi vida y me acomodaré tanto, que mi baño restaurador de alma y de conciencia, lo haré bajo el grifo y con agua calentita.
Aunque muy posiblemente, en un momento dado, coja la esponja, la sumerja dentro de la bañera, la levante, deje caer el agua que contenga en ella…
Y al verla… al verla deseé ser la gota que cae y se convierte en burbujita…
O, por lo menos, eso es lo que quisiera que pasara.
Yo he tenido siempre una estrecha relación con la lluvia -en general con el agua-, el haber vivido en el campo y, muchas de las veces, gracias a ella, me hizo en su día, aprender a valorarla, respetarla, e incluso a temerla.
Siempre me ha gustado salir cuando llueve, que la lluvia moje mi rostro y mi pelo, mi ropa, salir a un espacio abierto con los brazos extendidos para recibirla a través de mi cuerpo, en mi alma.
No sólo me moja y me empapa, sino que de alguna manera muy posiblemente propia e intransferible, como si de algún tipo de recuerdo ancestral se tratara, me purifica.
Ahora vuelve a caer con fuerza, en los charcos recurrentes se descubren burbujas, una y otra, montones de ellas. Burbujitas trasparentes que surgen y desaparecen cuando otra gota las golpea, utilizando ese círculo vicioso y fácilmente predecible que aporta la rutina.
A veces quisiera ser una de esas gotas, de las que caen y se convierten en burbujita caprichosa, ser exactamente igual que la burbujita de mi derecha, tan increíblemente parecida a aquella otra de la izquierda, todos somos agua, todos somos gotas.
Unos instantes más tarde desearía ser la gota que cae rompiendo otra gota, creando otra gota, quizás más gotas, salpicar muchas gotas. Como lo hizo instantes anteriores aquella otra, como lo hará más tarde una gota similar.
O el gran charco que las recoge ¿puedo osar querer ser el gran charco? ¿Distinguiéndome del charco contiguo sólo por la forma que me crea, por la profundidad que retiene mis gotas, pero con el mismo lodo que enturbiar mi agua?
Puestos a querer ser, también sería bonito ser la nube que recoge todas las gotas y decide cuando y donde van a esparcir ese increíble milagro que se llama vida, o el punto final de ella.
……………
El campo está mojado, durante todo el día ha caído una lluvia fina que ha empapado la tierra, los tallos tiernos y los que no, y que ha convertido los senderos en barrizales.
En el asfalto se han creado charcos impertinentes que permanecerán ahí durante horas a la espera de ser, tardíamente, reabsorbidos.
Y yo continuo asomando mi nariz tras la cortina de mi estancia.
Vuelvo a mirar al cielo, a los charcos que ha formado la lluvia, observo mi perro que como yo es amigo de mojarse, se sacude.
No, hoy va a llover durante todo el día, pero yo hoy no voy a salir a dejar que el agua me empape el rostro. Hoy no tengo 15 años.
Posiblemente mañana también llueva, y saldré con el paraguas y la molestia que me produce tener que conducir lloviendo, despotricando porque resbalo, y odiando a los caracoles que van a salir a comerse mis plantitas.
Olvidaré desde el principio al fin, que el agua me gusta, que me es necesaria, que me purifica y me hace soñar.
Cambiaré mis charcos de ilusiones por las prisas de mi vida y me acomodaré tanto, que mi baño restaurador de alma y de conciencia, lo haré bajo el grifo y con agua calentita.
Aunque muy posiblemente, en un momento dado, coja la esponja, la sumerja dentro de la bañera, la levante, deje caer el agua que contenga en ella…
Y al verla… al verla deseé ser la gota que cae y se convierte en burbujita…
O, por lo menos, eso es lo que quisiera que pasara.
5 comentarios:
Aquí está volviendo a salir el sol... por tercera vez hoy. Hacía años que no había una Primavera tan Primavera.
Las cuatro plantas del balcón están de un hermoso que da gusto pese al dueño y sus cuidados.
son nuevas? :)
No me gustan los días tristes de lluvia.
Me gustan los días soleados, el bochorno de la tarde y la tormenta repentina, gotas rápidas y grandes cayendo durante un breve momento. Y luego el arcoiris, y el sol.
En fin, que me han aconsejado que me pase por aquí y te diga que "tienes una tareíta pendiente" en mi blog.
Besos
Me gusta cómo describes ese círculo vicioso que nos corroe y finalmente no nos lleva a ningún sitio.
TQ.
Una rallada-filosófica-reflexiva muy ilustrativa de los días de lluvia. Fíjate que yo nací y me crié en el país del sol (Andalucía) pues bien...al principio de venirme a vivir a los nortes, echaba de menos los días soleados (que no el calor que a ese no lo aguanto de nunca) pero a día de hoy, creo que ya aprendí a amar los días de lluvia...
mientras que no caigan en finde y me jodan el día de excursión jajaja!
besos,
Mary.
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